Les soupirs du masque.

Extrait du reportage publié dans les Cuadernos de tauromaquia, en Septembre 2011. 

El precioso y renovado castillo de Roquefort de Landes, emblemático pueblo del sur oeste de Francia, famoso por las imponentes novilladas sin picadores que se organizan en la plaza del toros de la localidad, reposa tranquilamente bajo un manto nuboso que pesa sobre el región estos días. Espero con paciencia en un oscurro e íntimo salón situado en la planta baja del edificio, en las entrañas de piedras del castillo. Las paredes arboran unas máscaras africanas, secas y negras. De los huecos destinados a acoger los ojos, sale un misterioso eco, a la ver mortal y vivo. La boca seca de la máscara parece querer contar lo que la muerte fijó para siempre en sus labios. Sentado en el sofá, Sebastián desayuna serena y tranquilamente.

Si hoy ha alcanzado la cumbre del toreo moderno, prueba de ello la faena realizada en Nîmes durante la última feria de Pentecostés, Sebastián no se olvida que, durante la segunda mitad del siglo pasado, unos chavales intentaron ser torero. Su padre, André Castella, quiso ser torero y frecuentó los toreros a los que citamos en la primera parte.

Sebastián recuerda cómo su padre conoció al que fuera su primer apoderado. Un día en que hacía mucho frío, André pasa por las orillas del Aude, un río que pasa por ciudad de Béziers, al salir de su ganadería de toros camargueses. Y, por casualidad, ve a un hombre que salta al río para socorrer a un becerro. Sin pensarlo mucho, André sale de su coche y saca un capote de brega que llevaba en el maletero, prueba de la inmensa afición del padre del torero, para que no se resfríe el señor que había saltado. Sin saberlo, un hombre que había soñado con ser torero, el propio André, había conocido a un joven empresario taurino y nuevo ganadero, que más tarde fuera el apoderado de su hijo : Robert Margé.

Relata Sebastián : « Mi afición viene de mi padre. Ha sido novillero sin picadores y ha toreado con Nimeño II, con El Andaluz, con Chinito y con todos los toreros de aquella época. Toreó unas tres o cuatro novilladas sin caballos y luego dejó de torear para trabajar en la ganadería de toros y de caballos camargueses que tuvieron mis padres.

Recuerdo que de niño, mi padre me llevaba a las corridas de toros que se organizaban en Beziers para el 15 de agosto. En esa fecha tradicional, se lidiaban (y se siguen lidiando) toros de Miura. De hecho, como tenía mi padre mucha afición, me llevaba a esa corrida. Recuerdo ver, desde las últimas filas del tendido, a « Nimeño II », a Victor Mendes y a Richard Milian. En aquella época, no quería ser torero, todavía no entraba en el patio de cuadrillas. Sólo veía el espectáculo desde las últimas filas y me procuraba mucha emoción. A la vez sentía mucho miedo y me impactaban el público, el olé, las luces, ver a tanta gente esperando la corrida delante de la plaza de toros, ver a mi padre saludar a mucha gente. No entendía lo que ocurría pero era algo que me gustaba. »

Los ojos de un niño iban descrubiendo poco a poco un mundo de colores y de sensaciones, un mundo de sentimientos y de emociones, un mundo tan luminoso como oscuro. Sebastián Castella conoció a esos toreros franceses que, décadas antes de que él empezara su carrera, intentaron abrirse paso en el universo tan hermético del toro, universo al que nos hemos acercado en la primera parte del reportaje a través la literatura taurina francesa.

Por esos ojos de niño, sin embargo, fluían emociones tan contradictorias como únicas. Emociones que hoy en día van marcando la sensiblidad de un artista que el mundo entero admira. « Esas corrida del 15 de Agosto, me parecían ser un espectáculo romano, en el que se mezclaban el miedo, la muerte, pero con el arte añadido. Cierto es que no sé si había belleza en la época de los romanos pero sí sentía ese aspecto en las corridas de toros. – Sólo faltaba a César – añade con una punta de humor – que valorase la faena con su pulgar.»

Al principio, sus padres no se lo tomaron en serio, como suele ser el caso en todas las familias en las que nacen los toreros. Pero Sebastián estaba convencido de que este iba a ser su destino, y que iba a hacer algo importante en el mundo de los toros. Cuando quiso ser torero, era el único joven de la ciudad en querer serlo, a excepción de otro chaval. Era, por así decir, totalmente utópico intentar ser torero en tales condiciones. « A pesar de que yo era quizás un caso aparte en Béziers al querer ser torero, sabía con absoluta certeza que iba a hacer algo importante en esto. No sabría decirte por qué. Quizás haya habido algo que hizo que así fuera  pero estaba convencido de ello. Mozart o Picasso no dijeron que iban a ser lo que fueron, pero imagino que en su interior sabían que ibana ser gente importante y que su obra iba a ser tan importante como ellos. Pues, por mi afición y por mi ambición, sabía que quería hacer algo relevante en el mundo de los toros. Si tienes una mentalidad de vencedor, quizás en tu vida hagas una sola cosa, pero la harás para ser el mejor. Siempre ha sido así desde mi niñez, para lo bueno y para lo malo (risas). En toda mi trayectora, no dudé nunca, excepto una vez cuando estaba pasando por un momento muy complicado y me aparté unos meses de los ruedos a finales de la temporada. Pero, excepto en este momento, no dudé nunca en que iba a lograr alcanzar la meta que me había fijado. »

Sentado en el sofá de cuero negro, en las cuevas del castillo, Sebastián empieza a quitar la máscara que lo protege, da vida a los labios negros y secos de la máscara africana negra colgada a la pared, como si del beso de la muerte surgiera vida, como si el agua volviera a nutrir una fuente seca. Hablar de su pasado parece ser un ejercicio similar : darle vida a un pozo seco, volver a darle coolor a un postal antiguo.

Los primeros compases de la vida de Sebastán están cristalizados en un momento en el que se detiene el torero de Béziers. Entrar o no en los detalles de su infancia tiene, al fin y al cabo, poca importancia puesto que, lo que nos cuenta Sebastián hace resaltar las causas de un trauma del que se nutrirá y se construirá en el futuro.

« Siempre he sido un chico solitario, y siempre me ha gustado la soledad. Por circunstancias de la vida, llegué a la escuela secundaria con dos años de retraso, uno por repetir un curso, y otro por que caí enfermo durante un año entero. Sólo hablaba con las chicas, porque eran más maduras que los chicos, o estaba solo. Al principio, esa soledad en la escuela me costaba y quizás por estos momentos difíciles tardé en madurar como persona. »

Sebastián vivió un desgarro muy profundo con la sociedad con la que hubiese tenido que compartir momentos, risas y diversiones. Al emprender esa ruta solitaria que lo iba a llevar hasta la cima del toreo, inconscientemente Sebastián decide franquear la frontera que separaba al niño que admiraba a los toreros desde las últimas filas de los tendidos de la plaza de toros de Béziers, esos 15 de Agosto que recordaba. Sin saberlo, se introducía en un mundo que, para ser coherente, necesita hallarse fuera del alcance del pueblo, del espectador. Punto de ruptura con los demás, ruptura con la sociedad, el momento que Sebastián describe corresponde a un punto inflexión en la construcción  del artista que es. Consciente de la necesidad de marcar y de respetar una distancia entre receptor y artista, Sebastián relata ese momento tan importante de su vida. « No me encontraba a gusto en la escuela. De hecho, me acercaba a la ganadería de mis padres, en la que me iba a pasear solo con un caballo, o bien caminaba andando solo. Si por un lado la soledad se imponía por sí misma a mi vida, me acabó gustando. De hecho, siempre me gusta estar solo antes de torear, para pensar aunque a veces sea malo porque uno piensa en cosas desagradables. Me nutro de aquella soledad y de los pensamientos que con ella surgen. »

Pronto, Sebastián cautiva la atención de robert Margé, que frecuentaba la escuela taurina de Béziers y que lo lleverá al principio de su carrera hasta ponerle en las manos de José Antonio Campuzano. Comienza una nueva etapa, lejos de Béziers, lejos de su familia, lejos de una juventud común, lejos de unos recuerdos difíciles. « Robert Margé propuso ponerme en las manos de un profesional español para que me puliera. Y así llegué a Sevilla. Cierto es que había estado en Sevilla algunas veces antes cuando Robert me había dejado su piso para que fuera a tentar. Cuando llegué a Sevilla, pasé una semana en un hotel. Cada día me recogía el maestro José Antonio Campuzano e íbamos a entrenar con mucha intensidad todo el día. Al cabo de una semana me acogió con su familia en su casa, como si fuera yo un miembro más de ella. Con ellos viví dos años y José Antonio me acompañó durante gran parte de mi carrera. »

Junto con el maestro Campuzano se formó Sebastián, siendo el viaje a Sevilla el primero de un duro y largo proceso de formación, mimado en la oscuridad, en la intimidad. Se sabe poco, hasta ahora, de ese tenso proceso formativo por el que tuvo que pasar el diestro francés. Abriendo los labios, Sebastián  nos abre la puerta sobre un pasado escondido. Mirando por el hueco que nos deja abierto, se puede entender de donde provienen las características que conforman hoy en día su personalidad torera. De hecho, el toreo de las figuras que han marcado la historia de la tauromaquia han basado su toreo en un concepto que podríamos denominar de exageraciones controladas, si tomamos en consideración que, excepto los toreros que siguen las líneas clásicas, los que han conseguido diferenciarse de los demás han sido los que tuvieron ese algo más, ese detalle que los demás no tenían, o no controlaban con tal sutileza. En el caso de Sebastián, sobresale su delicadeza y la dulzura del trazo del muletazo y del trato reservado al toro, dulzura que convoca a la hora de conjugar sus sentimientos con la embestidas del toro. Explica el torero que « es cierto que llevo cultivando desde muy joven las características que hoy conforman mi toreo. Puede ser que mi fragilidad haya seducido, al principio, al público. Pero esa fragilidad se veía compensada con el valor que siempre he puesto en mi toreo. Me jugué la vida desde el principio. Ese contraste, quizás me haya ayudado mucho. Mi fragilidad me ha servido mucho, porque tenía yo que sacar de mí mismo lo más profundo. Siempre cuando se tiene una debilidad, cuando uno es ciego por ejemplo, hau que desarrollar otros sentidos para compensar esa falta, hasta que se haya convertida la misma carencia en un punto de fuerza, que cualquiera no tendría. »

Julien Aubert

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