El cante del campo charro

Las perlas de Candido Garcia

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Un día de primavera, cuando el sol empezaba a bajar del celeste balcón, puse pie en tierra y me dejé llevar por la marea verde que el aire delicadísimo y templado acariciaba suavemente. Me senté entre las altas y lustrosas hierbas que cubrían la ricas tierras hermanadas a la rivera de Campocerrado. Entre el camino que lleva hasta la finca legendaria de Sepúlveda y la famosa rivera, secada por los primeros calores del verano emergente, pastan los grises Santa Coloma que crían en la intimidad del campo los herederos de Cándido García Sánchez. Diseminados en el largo terreno paradísiaco que se abre hacia el valle ganadero de Sepúlveda, forman grupos más o menos reducidos los machos de la vacada : cohabitan en ese voluptuoso edén los cárdenos santa colomeños de la ganadería matriz y los negros parladeños herrados con el dibujo del hierro de Puente de Castillejo.

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Se vislumbran a lo lejos, pegados al bosque que borda el monte rocoso que oculta al norte el horizonte y por el que divagan las hembras, sus pelos brillantes como perlas negras relucientes bajo la rojiza ternura de un sol huidizo. Lentamente, se componen y se descomponen unos efímeros rosarios al separarse los toros del resto del grupo y al emprender, solitarios, un camino hacia la nada. En esa aventura sin claro destino, los santa coloma de Cándido García parecen abrirse paso buscando una puerta de salida, como si asumieran la responsabilidad de su propia preservación. De sus miradas brotan unos cantes callados, serios y reivindicativos, semejantes a esas canciones revolucionarias que alzan fieros al ir al frente los soldados como si banderas fueran.

Dos cuatreños santa colomeños de Candido Garcia

Dos cuatreños santa colomeños de Candido Garcia

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Apenas había hundido mis piernas en el manto verde que el brillo de la mirada de un cárdeno toro se focalizó en mí. Me dejé atrapar por la dehesa, por la tierra y por la hierba hasta formar parte del paisaje. Entregué mi cuerpo a la madre naturaleza, menos mi corazón, que que seguía latiendo intensamente en lo que quedaba de mí como resuenan, alegres y temblantes, las cóncavas campanas de un frágil campanario. Al cabo de unos eternos minutos, el toro volvió a vivir su vida rutinaria y vagabunda.

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La presente galería refleja mucho mejor que lo pudiera hacer un texto ese cante tan singular que tuve la suerte de escuchar mientras atardecía en las orillas de la rivera de Campocerrado.

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También existe la complicidad entre los toros…

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Candido Garcia

Genealogía de la ganadería de Candido Garcia